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Comida y sobremesa con Adrian Vogel

Adrian Vogel y un servidor

Debía unas cuantas llamadas a Adrian Vogel, así que el día que al fin pude devolvérselas no hizo falta más preámbulos: quedaríamos para comer. Le pedí que se acercara a mi despacho sugiriéndole que a continuación nos fuésemos al restaurante Los Montes de Galicia en C/ Azcona, que es de los pocos sitios que conozco y a donde llevo a la gente importante para mi profesión (leáse clientes) como para mi espíritu (léase amigos).

Lo cierto es que soy un tipo de estómago conformista, me gusta comer casi todo y desde que sigo El Mundano se que Adrian es hombre de buena mesa y tengo que confesar que desde su última entrada me dejó el listón muy alto, pero también intuía que este hijo del mundo es ante todo un hombre sencillo y precisamente por ese espíritu mundano, se adapta a todas las mesas.

A Adrian lo conocí virtualmente a través de RBS. Al poco tiempo de mi entrada, Adrian se marchó de esta red por motivos que no vienen al caso, pero desde el primer momento me enganché a su blog y pude comprobar que el mío se encontraba y se encuentra aún, entre sus enlazados, junto con otros gigantes de la blogosfera, circunstancia que, tengo que decirlo, siempre me ha sonrojado, pues no creo que un servidor se merezca tal honor.

Adrian me intrigaba. Había visto sus fotos en su Facebook y por su forma de escribir, sabía que me superaba en edad. Sin embargo, en todos sus mensajes en el buzón de voz de mi móvil se despedía con un “venga, tío”, de modo que mi sentido arácnido-picapleitero me alertó: valdría la pena conocerlo.

Estoy acostumbrado a quedar con gente de la red. De hecho, como suelo decir a quien me quiere escuchar, me comunico con la mayoría de mis clientes por correo electrónico y otras herramientas de la NET y no es hasta bien transcurrido un tiempo, cuando quedo físicamente con ellos. Lo mismo me ocurre con los amigos que he ido conociendo a través de chats, foros, blogs, etc.

Por ello, no soy de los que tienen demasiada vergüenza para “la primera vez” y no me ando con demasiadas tonterías, como eso de ponerse una flor en la solapa o un sobrero rojo. Simplemente quedo y si no doy con el sujeto o con la individua, pues hago una perdida a su móvil o cosas así.

Adrian se presentó en mi despacho con un fuerte apretón de manos, le enseñé la oficina un poco e inmediatamente sacó su cámara de fotos y me hizo dos capturas que no publico aquí porque soy de los que me veo o mejor dicho, no me veo en las fotos. En el restaurante el camarero nos sacó la que puede ver ustedes aquí, que es la que realmente merece la pena.

Tengo que decirlo públicamente. Adrian me tumbó con la segunda botella del Luis Cañas, de modo que cuando llegamos a las copas, yo ya dejé de existir como persona. Siempre he sido un mierdecilla bebiendo y lo cierto es que Adrian hace deporte y supongo que este para mi extraño hábito, hace que tu cuerpo sea más resistente a los envites.

Pero lo cierto es que mereció la pena y mucho. Adrian – y creo que no se va a ofender por esto – sabe tanto por viejo como por diablo y es de esas personas con las que te puedes tirar horas y horas hablando o simplemente escuchando, que te enriquecen el espíritu y que te hacen dar cuenta de que cada día eres, a pesar de todo, más ignorante.

Un placer, maese Adrian.

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