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¿Quién arregla esto? Parte III

Efectivamente, los que lo jodieron, no sólo los bancos. Yo sigo con mi mismo coche, con mi misma casa y con mis mismas escasas posesiones desde el año 2000.

En el año 2000, adquirí mi actual vivienda sobre plano. El precio de venta fueron 21 millones de las antiguas pesetas. Firmé con la que actualmente era mi novia y ahora es mi esposa, un contrato de arras que implicaba el pago de 600 Euros al mes hasta la entrega de la vivienda, que se produciría en Febrero de 2002. Con esas mensualidad, se cubriría el IVA y por tanto, deberíamos escriturar por la cantidad restante. Pedimos una hipoteca a 25 años a razón de una cuota de unos 900 Euros.

En Noviembre de ese mismo año, mandé a paseo a mi antigua empresa y fundé mi despacho. En casa estuvimos viviendo del sueldo de mi esposa durante más de un año.

Nuestros amigos nos llamaron locos.

Cuando finalmente nos entregaron el piso, algunos de esos amigos se dispusieron a realizar una operación similar y se encontraron con un precio de 40 millones. Años después, algunos de ellos la vendieron por 60 millones para comprarse un adosado de 80.

En el año 2000, teníamos un coche, un Volskwagen Polo de 12 años. En el 2002 adquirimos un Opel Corsa que pagamos religiosamente. Cuando nació mi hijo en Julio de 2004, adquirimos un Xsara Picasso. Era kilómetro cero, con lo cual, me ahorré prácticamente un millón de las antiguas pesetas. Renegocié la hipoteca con el Banco y logré tras muchos esfuerzos que en ésta se nos incluyese los créditos personales por ambos automóviles, así como los gastos de guardería de mi hijo durante dos años. En la actualidad tenemos una hipoteca de 25 millones, con una cuota de unos 800 euros mensuales.

Muchos de esos amigos determinaron que un automóvil de 15 millones no era adecuado para guardar en un garaje de un adosado de 80, de modo que empezaron a desfilar con Audis A4 y similares, mirándome por encima del hombro.

Ayer mismo, coincidí con uno de ellos repostando en una estación de servicio y cuando me di cuenta de que me desvíaba la mirada y se dirigía a la caja, procuré entretenerme más de la cuenta para evitarle lo que parecía que era para él un mal momento.

En esos momentos, me pregunté si el Audi A4 le llevaría a su adosado con 10 Euros de Gasolina sin plomo.

La gratuidad en la NET

Adrián Vogel comentaba en mi última entrada que le molestaba las reiteradas peticiones de fans/admiración a determinados grupos o páginas de Facebook, mientras Joseca me indica que quizá ese sea el peaje por estar en esta red social.

Adrian tiene toda la razón pero no estoy totalmente de acuerdo con Joseca pues creo que el peaje que uno paga en Facebook se llama publicidad y como he comentado en alguna ocasión, la comunidad internauta está muy mal acostumbrada. Y lo está por ver con excesivos recelos que determinadas aplicaciones que “alguien” pone en la NET a disposición de todos, impliquen publicidad.

Seamos francos, no todo el mundo ha ido creciendo con internet, como un servidor, de modo que muchos usuarios no aprecian suficientemente los avances que ha sufrido la red de redes en los últimos años. Seguro que muchos de Uds. recuerdan esas conexiones a la red mediante modem analógico de 33 kbs, interrumpiendo la conexión telefónica del hogar y pagando por pasos. Posteriormente se inventó la fórmula de tarifa plana en donde pagabas una única cuota mensual similar a la de la actual conexión por banda ancha, pero seguías sufriendo el problema de incomunicación y por supuesto, una lentitud a veces desesperante.

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Comida y sobremesa con Adrian Vogel

Adrian Vogel y un servidor

Debía unas cuantas llamadas a Adrian Vogel, así que el día que al fin pude devolvérselas no hizo falta más preámbulos: quedaríamos para comer. Le pedí que se acercara a mi despacho sugiriéndole que a continuación nos fuésemos al restaurante Los Montes de Galicia en C/ Azcona, que es de los pocos sitios que conozco y a donde llevo a la gente importante para mi profesión (leáse clientes) como para mi espíritu (léase amigos).

Lo cierto es que soy un tipo de estómago conformista, me gusta comer casi todo y desde que sigo El Mundano se que Adrian es hombre de buena mesa y tengo que confesar que desde su última entrada me dejó el listón muy alto, pero también intuía que este hijo del mundo es ante todo un hombre sencillo y precisamente por ese espíritu mundano, se adapta a todas las mesas.

A Adrian lo conocí virtualmente a través de RBS. Al poco tiempo de mi entrada, Adrian se marchó de esta red por motivos que no vienen al caso, pero desde el primer momento me enganché a su blog y pude comprobar que el mío se encontraba y se encuentra aún, entre sus enlazados, junto con otros gigantes de la blogosfera, circunstancia que, tengo que decirlo, siempre me ha sonrojado, pues no creo que un servidor se merezca tal honor.

Adrian me intrigaba. Había visto sus fotos en su Facebook y por su forma de escribir, sabía que me superaba en edad. Sin embargo, en todos sus mensajes en el buzón de voz de mi móvil se despedía con un “venga, tío”, de modo que mi sentido arácnido-picapleitero me alertó: valdría la pena conocerlo.

Estoy acostumbrado a quedar con gente de la red. De hecho, como suelo decir a quien me quiere escuchar, me comunico con la mayoría de mis clientes por correo electrónico y otras herramientas de la NET y no es hasta bien transcurrido un tiempo, cuando quedo físicamente con ellos. Lo mismo me ocurre con los amigos que he ido conociendo a través de chats, foros, blogs, etc.

Por ello, no soy de los que tienen demasiada vergüenza para “la primera vez” y no me ando con demasiadas tonterías, como eso de ponerse una flor en la solapa o un sobrero rojo. Simplemente quedo y si no doy con el sujeto o con la individua, pues hago una perdida a su móvil o cosas así.

Adrian se presentó en mi despacho con un fuerte apretón de manos, le enseñé la oficina un poco e inmediatamente sacó su cámara de fotos y me hizo dos capturas que no publico aquí porque soy de los que me veo o mejor dicho, no me veo en las fotos. En el restaurante el camarero nos sacó la que puede ver ustedes aquí, que es la que realmente merece la pena.

Tengo que decirlo públicamente. Adrian me tumbó con la segunda botella del Luis Cañas, de modo que cuando llegamos a las copas, yo ya dejé de existir como persona. Siempre he sido un mierdecilla bebiendo y lo cierto es que Adrian hace deporte y supongo que este para mi extraño hábito, hace que tu cuerpo sea más resistente a los envites.

Pero lo cierto es que mereció la pena y mucho. Adrian – y creo que no se va a ofender por esto – sabe tanto por viejo como por diablo y es de esas personas con las que te puedes tirar horas y horas hablando o simplemente escuchando, que te enriquecen el espíritu y que te hacen dar cuenta de que cada día eres, a pesar de todo, más ignorante.

Un placer, maese Adrian.

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