Falta poco para las 9:00 de la mañana y ya estoy empezando a agobiarme con la dichosa vuelta al cole.
Y entiéndanme, Diego está encantado por volver a reunirse con sus amigos, ahora ya en 5 años Infantil, y yo mismo también lo estoy, pues creo que es bueno para él volver a la rutina y sobretodo a relacionarse con niños de su edad.
Pero no puedo evitar sentirme agobiado con esos padres postrados a la puerta del colegio, a modo de tapón impidiendo el paso a todo ser de andante.
Si alguno de Uds. lleva a sus hijos al colegio sabrá de qué estoy hablando. Para los que no, se lo voy a tratar de describir.
Llegas al colegio agarrando de la mano a tu hijo, un lunes, después de muchos días de vacaciones, con la inevitable descolocación mental provocada por la falta de costumbre y lo primero que te encuentras es una aglomeración de supuestos adultos divididos en dos grupos.
Por un lado, los (hasta cierto punto) lógicamente preocupados por sus hijos. ¿Se adaptará? ¿Se dará la vuelta y me buscará? ¿Aguantaré su baño de lágrimas?. Y por otro lado, los charlatantes ciegos.
A éstos últimos los llamo así porque son esos padres que la principal ventaja que encuentran estando sus hijos en el colegio es que durante una buena parte del día se van a librar de ellos. Es cierto que hoy en día es muy complicado conciliar la vida laboral con la personal y también es cierto que muchos padres tienen que hacer el pino puente para adaptar su jornada de trabajo al horario del colegio. Pero también es cierto que aún existen padres que, aún sin trabajo – por circunstancias de la vida o por decisión propia – ven el colegio como sinónimo de una libertad que ellos creen que perdieron en el momento que sus hijos salieron del útero.
Estos individuos se dedican a parlotear en la puerta del cual gallinas cluecas en la entrada del corral y son como los burros de carga: sólo ven lo que tienen delante.
Les llevar a un niño de 5 años a la puerta del colegio puede convertirse en una auténtica ginkana, sorteando a esa señora que con voz chillona discute con otra sobre a dónde van luego a desayunar, o a ese dogo alemán que se empeña en que seas el pony del niño, o a ese cochecito del hermano pequeño que su madre planta en el medio de la ruta.
Porque esa es otra. ¿Se han dado cuenta de como son los cochecitos de bebés de hoy en día? Les aseguro que he visto automóviles más pequeños y con menos complementos.
Pero esto no es nada, aún falta lo mejor. Escuchas el sonido de un gigantesco motor e instintivamente proteges a tu hijo y te pones delante maldiciendo al conductor del autobús o del camión que no tiene otro momento que pasar por la puerta del colegio. Pero no, no es un autobús y tampoco es un camión. Es una mami condiciendo un Nissan Pathfinder o un preocupado papi manejando un Jeep Commander.
Por supuesto ellos no pueden aparcar esos “utilitarios” y luego utilizar las piernas para llegar al colegio, como he hecho yo alguna vez. No, ellos tienen que dejar este pedazo de monstruo en la puerta del colegio y tú, por supuesto, tienes que apartarte, mientras piensas – esta vez con acierto – que qué coño hace alguien con un coche tan caro llevando a sus hijos a un colegio público.
Esta va a ser mi rutina diaria a partir del lunes. Y aún doy gracias de que soy mi propio jefe y me puedo permitir el lujo de tomarme un café mientras espero que la A-2 dirección Madrid se despeje un poco, porque el día que no puedo hacerlo y tengo que salir pronto de mi casa, me encuentro otra aglomeración esta vez motorizada.
Sobre esto último escribiré otro día.
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